Para las mujeres, la pobreza significa más que tener un ingreso escaso o ningún ingreso. Significa no tener control sobre sus ingresos, incluso en la familia. Significa perderse oportunidades porque no tienen poder ni voz. Significa quedar excluidas porque están omitidas, subvaloradas, desatendidas y subrepresentadas.
Las mujeres están ausentes — y excluidas — en muchos frentes. Se estima que el valor del trabajo no remunerado que efectúan las mujeres alcanza los 11 millones de millones de dólares, o casi el 50 por ciento del PBI mundial; sin embargo, este trabajo está ausente de las cuentas de ingresos nacionales, excluyendo a las mujeres de la seguridad social, los regimenes de pensiones y del acceso a los servicios públicos.
Desde el punto de vista del empleo remunerado, si bien cada vez más mujeres se suman a la fuerza laboral, éstas se agrupan predominantemente en el trabajo informal (de corto plazo, media jornada o bajo contratos laborales que las excluyen de las pensiones laborales y prestaciones de seguros de salud). Incluso en el empleo informal, los salarios que reciben las mujeres son inferiores a los de los hombres (en todo el mundo, los salarios de las mujeres representan entre el 73 y el 77 por ciento del salario de los hombres) y carecen de oportunidades similares de ascenso.
En demasiados países, a las mujeres y las niñas se les niega una educación sólida y no tienen acceso al crédito o a la posesión legal de tierras y propiedades, todos prerrequisitos para superar la pobreza.
Las mujeres también están ausentes de los espacios de toma de decisiones públicas con el poder para diseñar políticas sociales y económicas. Mientras las barreras sociales, culturales y económicas excluyan a las mujeres de una plena participación en la vida pública, la solución del rompecabezas de la pobreza continuará siendo difícil de lograr.